sábado, 30 de octubre de 2021

DOÑA VIRGINIA CANDAMO DE LA PUENTE  (1889-1957) EN PUEBLO LIBRE

En el corazón del Parque dedicado a su esposo José de la Puente Olavegoya y a un costado de la histórica hacienda ORBEA de su familia, se alza el busto de una mujer emblemática y que mereció el reconocimiento de sus contemporáneos por su bondad y caridad social.  Hija de Manuel Candamo Iriarte, Presidente de la República del Perú †1907 y Teresa Álvarez-Calderón Roldán, hermana de la Venerable Teresa de la Cruz Candamo. . Esposa de José de la Puente Olavegoya y madre del célebre historiador don José de la Puente Candamo, a su vez esposo de Hildegard Brunke Ríos, padres de: José Demetrio, Virginia, Constanza, Manuel, Lorenzo, Agustín, Francisco y Juan Pablo. Gustoso de compartir vida y obra de nuestros peruanos ejemplares solicité información a su nieto doctor José de la Puente Brunke, quien tuvo la gentileza de enviarme los textos que he digitalizado para solaz de mis lectores.

La borrosa leyenda del busto dice

A LA MEMORIA DE LA SEÑORA

VIRGINIA CANDAMO DE LA PUENTE

COMO RECONOCIMIENTO A SU OBRA

DE BIEN  SOCIAL EN EL DISTRITO DE

MAGDALENA VIEJA DE PUEBLO LIBRE.

NOVIEMBRE DE 1958".

Abajo se copia un fragmento  del texto bíblico paulino, himno de la caridad, de 1 Corintios 13:4-7

LA CARIDAD ES SUFRIDA,

ES DULCE Y BIENHECHORA

LA CARIDAD NO TIENE ENVIDIA,

NO OBRA PRECIPITADA NI TEMERARIAMENTE

NO SE ENSOBERBECE

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Les comparto los textos publicados en la Revista Mercurio Peruano, Año XXXI, Vol. XXXVIII, nº 360, abril, 1957, pp.207-209. El primero "Necrología" de Víctor Andrés Belaunde y el segundo "EL APOSTOLADO DE DOÑA VIRGINIA  Por PEDRO M. BENVENUTTO MURRIETA

NECROLOGÍA

Ha muerto callada y apresuradamente, como si hubiera tenido urgencia del Reino de los Cielos. La sorprendió el misterioso y supremo llamamiento en medio a los afanes de la Obra Sacerdotal de San Pablo, en la que puso to­dos sus empeños. Sus últimas palabras fueron de pesar por no poder asistir a la sesión de las Antiguas Alumnas del Sagrado Corazón, que presidía con singular acierto. ¡Bienaventurados los que sirven al Señor hasta el último ins­tante de su vida!

Es enorme e inllenable el vacío que deja en las actividades católicas. Nos consuela pensar que, siguiendo su ejemplo admirable y animados por su es­píritu, colaboradoras y discípulas continuarán su obra de bien. Encarnó el tipo acabado de la dama cristiana; el señorío no fue en ella alarde mundano ni afán de primacía, pero sí un medio que le otorgó la Providencia para mejor servir a su hogar, y a su aldea, a la Patria y a la  iglesia .

Evoco en estos momentos la brillante generación femenina a que perte­necía Virginia Candamo Álvarez Calderón de la Puente, que sintió las mismas inquietudes intelectuales en simpático paralelo con el grupo masculino de la ge­neración novecentista. Era la reacción antinaturalista, simbolismo que anun­ciaba una era neorromántica, Soully Proudhome y Francis Jametes, Machado y Juan Ramón Jiménez, psicologismo en la novela de Bourget, un temblor de misterio en los dramas de Maeterlink y afán de musicalidad en el estilo de D'Anunzzio y Valle Inclán. Aquellas muchachas aplaudían a los poetas y a los oradores de su tiempo y conversaban con ellos. De esos diálogos surgió más de un idilio, y, en todo caso, una amistad que acendrarían los años. Com­partían nuestras inquietudes y aficiones literarias, pero con cariño fraternal nos reprochaban nuestra falta de fe. Ellas, en cambio, la tenían arraigada y fir­mísima, y se reflejaba en una gran dignidad de vida y en aquel perfume espi­ritual del pudor que elogió Joubert en páginas memorables. Si teníamos sobre ellas cierta influencia intelectual, ellas, en compensación, ejercían una efectiva autoridad moral. Andando los tiempos, cuando muchos de nosotros cansados del viento de todas las doctrinas volvíamos a las consoladoras certidumbres, ya en la madurez de la vida, fijados nuestros destinos, retornamos hacia ellas; sus vidas estaban ennoblecidas o por la vocación religiosa o por la constitu­ción de hogares de la vieja cepa cristiana. En Virginia, aquella fe ambiental afirmada en una bella tradición familiar; los Álvarez Calderón se ufa­nan de fecundas vocaciones religiosas. Este sentido profundamente cristiano no fue perturbado ni atenuado por los azares de la lucha política o por la preemi­nencia social. El hogar Candamo Álvarez Calderón mantuvo su austeridad católica y su dignidad republicana cuando el ilustre estadista D. Manuel Can­damo coronó su brillante carrera al ocupar la Presidencia de la República. Las hermanas mayores de Virginia, Teresa y María, fundaron un instituto re­ligioso --Las Canonesas de la Cruz" para difundir en nuestras clases desva­lidas las verdades del catecismo que nuestra lamentable penuria sacerdotal mi­- pidió propagar como en otras épocas. Teresa, la Fundadora, tenía además del hondo sentido religioso, la sensibilidad poética y artística; ella contribuyó enormemente a perfilar la personalidad de Virginia. Predominó en ella el sen­tido maternal sobre la inclinación religiosa y puso así en su matrimonio el tesoro de una fe ancestral y toda su ternura de mujer, nacida para la vida del hogar.

Apreciador de su encanto femenino, de su distinción, de su cultura y co­nocedor de sus virtudes, la escogió para esposa José de la Puente Olavegoya, verdadero hidalgo unido a la tierra por la estirpe y el trabajo, jovial y cor­dial, de espíritu alerta, de natural señorío aunado a un verdadero sentido de­mocrático, como en nuestros viejos señores. Y así pasó Virginia a ser la cas­tellana de la casona de Orbea en el agro aledaño de la histórica Magdalena Vieja o Pueblo Libre, a la vera de la barrosa Iglesia. Y más que por el marco de este hogar, por la vibración espiritual encarnó en nuestro medio mo­derno y estridente la hermosa supervivencia de otros tiempos en que las ran­cias diferencias de rango eran compensadas por un afecto, una simpatía y una efusión de caridad más fuerte que la solidaridad prescrita en las leyes de nuestro tiempo.

En ese ambiente, Virginia revive la hermosa comunidad señorial con su idea del "Hogar Obrero", familias de trabajadores o de empleados, o gente re­lacionadas con ellos son recibidos en la Escuela de Orbea. Virginia es la maes­tra, la confidente, la amiga y, cuántas veces, la madre. Orgullosa de su aldea se esforzó por revivir en ella la vida religiosa contribuyendo a enaltecer el culto y la prestancia de su enjoyada Iglesia. Sólo una sombra vino a poner la nota de un dolor inolvidable en esta vida de afecto, de oración y noble felicidad: fue la muerte de la hija adorada en que parecían sintetizarse la ale­gría del padre y ese fondo de dulce austeridad de la madre. Dolor atenuado por la ternura del esposo y el afecto y dedicación del hijo confidente y colaborador en sus humanitarios empeños.

No por ser la casona de Orbea encarnación viviente de la tradición y la sede de un hogar austero y de irradiación apostólica fue ajena a la socia­bilidad culta y a la hospitalidad generosa, impregnada de un vivo anhelo de perpetuar entre nosotros los afanes intelectuales, el culto del diálogo y la amistad que se acendra y propicia luego toda noble empresa .Se trasmitió la triste noticia de su muerte como en otros tiempos, en la dolida confidencia de amigo a amigo y se dieron cita en la mansión señorial, la gratitud de los humildes, la amistad verdadera, la fe de muchos, el afecto de todos. Los recuerdos emocionados alternaban con el rumor de las oracio­nes. En homenaje a la tradición del pueblo y en hombros de amigos fue tras­ladado su cuerpo de la hermosa. capilla de la Hacienda a la Iglesia parroquial que la despidió con los cantos litúrgicos. Al inhumarse sus restos en el Ce­menterio vibraron los acentos del canto de esperanza -In Paradiso" y resona­ron estas palabras como el cumplimiento de la divina promesa.

EL APOSTOLADO DE DOÑA VIRGINIA Por PEDRO M. BENVENUTTO MURRIETA

No sólo desborda nuestros sentimientos la verdad de la muerte, que parece más verdad cuando se lleva a los próximos y a los amados: también afina nuestro pensar y lo esclarece. Al desplazado —su faena certera por el Due­ño; imposible, su reacción; con amplia perspectiva en la pantalla, su silueta, redibujada al resplandor de una luz que no la envolvía toda en esta aglome­ración de la travesía terrenal, hombro con hombro—, en algo así como un re­medo intuitivo, del divino juicio particular, le medimos, con menor subjetivis­mo que el acostumbrado, cualidades y defectos, empeños y realizaciones. Y resulta la opinión siempre más enteriza y trascendente. Ahí, sin duda, la causa de que sea más fácil historiar a quienes ya dejaron la existencia temporal que ni la desventaja de estar acalladas voces de testimonio intransferible desme­rece a esa cierta serenidad, no muy humana, que requiere el proceso de la his­toria.

Arrancada a nosotros Doña Virginia, las acumuladas referencias suyas han cobrado valor de integración. Coordinamos mejor ahora, sus recuerdos. Des­cubrimos las constantes de sus hechos. Y cuánto de ella observábamos u oía­mos decir en el pugnaz trajín de intereses y afectos, de simpatías y rechazos, de afirmación de propias tendencias y búsqueda de modelos, de envidias y lar­gueza, de curiosidad y crítica, de gratitud y admiración que es nuestro afán de cada día, hoy, evocado, contribuye a destacar —nada comunes— su altura y su relieve, que el consenso general, hace ya muchos años, le reconocía.

Accediendo a una honrosa solicitud, se escriben las presentes líneas, breves reflexiones acerca de la actividad de Doña Virginia que más condice con el propósito de esta Revista y que fue la vida misma de la noble muerta: el apostolado. Ojalá sirvan ellas —aprovechándose del buen hospedaje— para hacer más fructuosa la ejemplaridad de Doña Virginia y más venerada su me­moria.

De estrella es la. grandeza de alma. Doña Virginia la recibió, y, ade­más, otros regalos con superabundancia: estirpe y ambiente, habilidades y edu­cación. Pero si en su personalidad reflejábanse las felices influencias, más lu­cía lo propio, superándose incansable. Apostólica desde niña, este conjunto de dones lo consagró al servicio de su causa religiosa. Sus sentimientos de mujer, su inquietud cognoscitiva, sus aficiones literarias, su preocupación por los asuntos generales estuvieron en la línea de Dios. La gracia de su bella juventud, la majestad de su madurez, los bienes de su fortuna, la principalía de su condición, social, cada prenda en su vez, todas fueron medio de apos­tolado.

Y como de verdad y en todo lo ejercía, se libró de los peligros en que otros se engolfan cuando actúan en él. Consiguió que hubiese entre sus fae­nas concéntrica jerarquía, acuerdo funcional, solidaria hermandad. La continua formación personal, la dedicación al hogar, las necesidades de la aldea, los problemas de la ciudad, los intereses del país sabían en ella distinguirse los puestos, acatando eminencias, y repartirse las horas, defiriendo a premuras. Y nunca quiso admitir el fogonazo teatral ni la estridente batería publicitaria. En lo humano, la libraba de ambos escollos vanidosos su elegante discreción de gran dama que ella cuidaba mucho y que no siempre comprendían las gen­tes, habituadas ya al eclipse de ciertas señoriles virtudes.

En el apostolado ella sentía con la Iglesia. Si tuvo preferencias, más que de voluntad parecían siempre de convicción. Consciente de la urgencia con que deben ayudar los fieles a la jerarquía eclesiástica, conocedora de los cam­pos más necesitados, de cultivo, sumisa. a lo enseñado por los Pontífices, par­ticipaba ella en las obras según lo pedía el momento del mundo, según lo re­clamaba nuestra evolución social. Si lo que más importa en el apostolado es el último fin, la expansión del amor de Jesucristo, ¿por qué, pues, no armoni­zar en El todas sus empresas? Ella consideraba algunas obras más suyas, desde luego, pero no con instinto de poder: sí, con intención de servicio. Muy di­versa es la lista de aquéllas que contaron, ya sucesiva, ya simultáneamente, con su trabajo, o por un lapso o hasta el fin desde que a sus filas se había incorporado.

Adrede, silencio títulos y demás circunstancias históricas. Sólo menciono empeños, y no todos. (Es lo más que ella hubiera soportado). Así, el Patronato Escolar del Sagrado Corazón —la palestra de su primer entu­siasmo juvenil, institución tan útil en determinado período para la orientación de las muchachas pobres egresadas de las escuelas fiscales; el Catecismo de Perseverancia; la Asociación de Cooperadores Salesianos, la Obra de la En­tronización del Sagrado Corazón de Jesús en los Hogares, la Obra de la Bue­na Lectura, que cuando fue preciso coordinó ella sin regateos a las Bibliotecas Populares Inca Garcilaso de la Vega; las Hijas de la Cruz; la Acción Cató­lica, especialmente en la Comisión de Literatura de su Secretariado Nacional de Moralidad; el Hogar Obrero; las Conferencias de San Vicente de Paúl, y la Obra de San Pablo, la de sus últimos esfuerzos y predilecciones como des­tinada que está a remediar con inmediatos recursos extraordinarios la escasez de sacerdotes, máximo problema espiritual y cultural de nuestra patria .

Y si el examen se extiende a obras que, por un motivo u otro, pudieran llamarse aje­nas a su acción, han de hallarse principios de edificación mayor aún. ¿Qué instituto canónico de perfección evangélica no le interesaba? ¿A cuál no pro­tegía en lo posible presentada la oportunidad? ¿Qué empresa católica de asis­tencia social, piedad, propaganda, organización o combate no concitaba su pro­funda atención? Pocas de ellas habrá en Lima que no le agradezcan alguna com­prensiva y generosa ayuda. Realizó, pues, Doña Virginia un apostolado que cuando alcanza plenitud, como en su, caso, añade al de la rareza el timbre de su sentido cristiano por excelencia: el apostolado de la cooperación. Y con esta memoria, en el dolor florece la esperanza.