miércoles, 4 de mayo de 2016

ET  VERBUM  CARO  FACTUM  EST. ANTE POSIBLES REPAROS DE EL TÍTULO "LA MADERA HECHA DIOS"

P. Donato Jiménez Sanz, OAR

 

No dista mucho de esta afirmación el título del libro La madera hecha Dios: "Et Verbum materia (de donde viene madera) factum est". No me parece nada grave el título de la obra para referirse a una antología artística de este tipo. Aunque tampoco es de extrañar que a algunos les resulte un tanto duro a sus oídos. Unir hipostáticamente los estados divino y humano,  siempre ha resultado escandaloso. Ya lo nósticos rechazaban la idea del Dios Creador absoluto "de cielo y tierra", y por eso aceptaron tan fácilmente la idea del demiurgo como creador del mundo, o sea, de la materia, para ellos esencialmente mala. Pero esas sectas nósticas todas fueron condenadas como anticristianas.

 

La idea de la Encarnación tuvo hasta bien entrado el cristianismo, sus poderosas fuerzas de rechazo. Y era explicable, desde sus presupuestos.  Se dieron explicaciones parciales para todos los gustos, como sabes. Y en países de Occidente hubo épocas de cristiandad (con sus obispos), casi mitad católica, mitad arriana. 

 

El Catolicismo tuvo que insistir en esa fórmula hecha resonante antífona  "O admirabile commercium", (tan repetida en el tiempo de Navidad), para indicar el "trueque admirable" que supo hacer Dios, que siendo Dios, se hizo Hombre para que el hombre se hiciera Dios. Y en  S. Agustín encontraremos frases tan geniales como atrevidas y verdaderas. Y como quien resume todo, nos dice así: que "no somos dioses, pero somos divinos". La permanente paradoja cristiana entre nuestro estado pasible (lo temporal, la cruz…), y nuestro  estado glorioso. Y no solo EN EL cristiano hay que verlo así, sino EN LO cristiano. S. Agustín lo dijo tan bellamente: "Iam spem, sed nondum rem": O ya poseemos en prenda lo que poseeremos en plenitud.

 

Y los artistas fueron poco a poco tratando de representar el dogma, por difícil que resultase a la inteligencia. Pero sobre ella, debe estar la autoridad de la Fe que es Luz para la propia inteligencia. Y así, ir venciendo todos los reparos de tipo antropomórfico que nuestras razones  pudieran oponer. Naturalmente que hay que acertar a guardar el equilibrio. Y ahí estivo y estará siempre el Magisterio de la Iglesia. 

 

Ya los latinos valoraban más el trabajo hecho, el arte, la inspiración, el  "impetus sacer" que bulle en pecho y mente del artista, que el material, pobre  o  noble en el que se refleja la obra. Y lo decían así: "materiam superat opus", que es decir: la obra supera con mucho al elemento material. 

 

Y los místicos seguían insistiendo: "Que si en un árbol se hizo  /  a Dios una tal ofensa,  /  se hizo en otro árbol también  /  la redención más suprema".  Y el mismo Góngora, aquí tan trasparente, pensando en la oveja perdida,   –el pecador extraviado y famélico–   pone en boca del Buen Pastor esta maravilla: 

 

Por descubrirte mejor,

            cuando balabas perdida,

            dejé en un árbol la vida,

            donde me subió el amor;

            si prenda quieres, mayor,

             mis obras hoy te la den.

            Oveja perdida, ven

            sobre mis hombros, que hoy

            no solo tu Pastor soy,

            sino tu pasto también.

 

Y S. Juan de la Cruz, el serafín de los místicos, se expresa como puede: "que me quedé balbuciendo   /  toda ciencia trascendiendo":

 

Porque en todo semejante

él a ellos se faría

y se vendría con ellos,

y con ellos moraría;

y que Dios sería hombre,

y que el hombre Dios sería,

y trataría con ellos,

comería y bebería;

y con ellos de contino

él mismo se quedaría…

 

Y no acabaríamos.

 

Dalí ya había construido en 1969 el "Cristo de los Desechos", compuesto de hierro oxidado, tablas, ramas, tejas y piedras ("desfigurado no parecía hombre ni tenía aspecto humano", Is 52  14). Fue colocado horizontalmente sobre la tierra en forma desmañada, en una finca con árboles, a la intemperie, como en viviente y sucesivo proceso de deterioro por los pecados del mundo: De tal manera que, como especie de Cristo interactivo    –de Dalí cualquier cosa se podía esperar, –    hay que refaccionarlo cada cierto tiempo, necesita ser reconstruido, un "como hacerlo de nuevo", por el sincero arrepentimiento de los hombres.